Dos estudios en Francia y el Reino Unido estiman que reducir el sodio en alimentos preparados podría evitar muertes y enfermedades cardiovasculares sin depender tanto del “esfuerzo” individual.
La sal está en casi todo, aunque no siempre se ve. Y, como advertía hace cinco siglos Paracelso, “la dosis hace el veneno”. No hay que olvidar que el sodio es imprescindible para el cuerpo. Pero cuando se dispara, a menudo por culpa de productos procesados, el precio lo paga el corazón, un órgano vital cuyos problemas pueden dar señales de alerta mucho antes de un infarto o un accidente cerebrovascular.
En ese sentido, dos trabajos de investigadores europeos apuntan a una idea tan simple como potente: ajustar la receta de alimentos cotidianos, añadiendo menos sal. Solo ese sencillo gesto, podría tener un impacto enorme en la salud pública de los ciudadanos.
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Por qué el sodio escondido en productos cotidianos preocupa a los expertos
El organismo necesita sodio para funciones básicas como el equilibrio de líquidos, la actividad muscular o la transmisión nerviosa. El problema llega con las cantidades: la ingesta media actual, a escala global, supera con creces lo recomendado por los organismos sanitarios.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) aconseja que los adultos consuman menos de 2.000 mg de sodio al día. Esa cifra es equivalente a unos 5 gramos de sal. Sin embargo, reducirlo no es tan fácil como “echar menos”. Eso se debe a que, gran parte del sodio, se cuela en forma de alimentos procesados, comidas rápidas o platos preparados fuera de casa.
Modelos matemáticos para medir el impacto de bajar la sal sin esfuerzo
Ahí es donde se sitúan los dos estudios. En lugar de pedir a millones de personas un cambio sostenido de hábitos, difícil de iniciar y aún más de mantener, los investigadores usaron modelos matemáticos para estimar qué ocurriría si ciertos alimentos habituales llevaran menos sal de serie.
“Es un enfoque poderoso porque no depende del cambio de comportamiento individual”, explica la investigadora Clémence Grave, al defender que el objetivo es construir un entorno alimentario “más saludable por defecto”. Dicho de otra forma: hacer que lo normal sea un poco mejor sin que el consumidor tenga que convertirse en experto en etiquetas.
El pan tipo baguette en Francia, una diana clave para reducir sodio
En Francia, el análisis se centró en el pan tradicional, con la baguette como ejemplo. Estos panes pueden aportar hasta una cuarta parte del sodio diario de un adulto, de modo que cualquier ajuste, por pequeño que parezca, multiplica su alcance.
El equipo liderado por Grave estimó que, si se cumplieran objetivos de reducción de sal en estos productos, la ingesta diaria de sodio podría bajar en 0,35 gramos por persona. Traducido a impacto real, la simulación lo relaciona con unas 1.000 muertes cardiovasculares menos cada año.
Reino Unido: menos sodio en comida envasada y pedidos para llevar
En el Reino Unido, la mirada fue más amplia: alimentos envasados y comida para llevar, dos pilares de la dieta moderna por rapidez, precio y disponibilidad. Las simulaciones sugieren que cumplir objetivos de reducción de sal en estos productos podría recortar el consumo medio en un 17,5%.
Los números, en un horizonte de 20 años, son contundentes: se podrían evitar 100.000 casos de enfermedad cardíaca isquémica y 25.000 accidentes cerebrovasculares. Lauren Bandy, coautora del estudio británico, subraya que cualquier descenso del sodio y de la presión arterial puede traducirse en mejoras relevantes, especialmente si se combina con educación y políticas alimentarias más firmes.
Una estrategia de salud pública que no sustituye al criterio personal en casa
Más allá de las cifras, la idea de fondo es una apuesta por intervenciones estructurales. Reducir el sodio en alimentos preparados no depende de la fuerza de voluntad diaria, y por eso puede funcionar a gran escala, del mismo modo que otras medidas de salud pública han logrado cambios colectivos sin exigir decisiones constantes.
Ahora bien, el cierre vuelve a Paracelso: no existe una tabla única válida para todo el mundo. La necesidad de sal varía según la edad, el nivel de actividad física o los antecedentes médicos. De ahí que estos trabajos planteen un equilibrio: limitar el consumo “involuntario” en productos de uso común y dejar el resto, lo que ocurre en casa, en manos de decisiones personales, más informadas y conscientes.
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