La musicoterapia, a medio camino entre la psicología y el lenguaje musical, se afianza como una herramienta cercana para cuidar cuerpo y mente.
Desde la infancia hasta la vejez, la musicoterapia propone un espacio de expresión, autoconocimiento y acompañamiento que va mucho más allá de “poner una canción”. Por lo tanto, ha dejado de ser una curiosidad para convertirse en una práctica cada vez más reconocible en el mapa del bienestar, especialmente en un contexto donde pequeños hábitos afectan al estrés.
La premisa de la musicoterapia es sencilla y, a la vez, poderosa: usar el sonido, el ritmo y la creación musical como vía para comunicar, regular emociones y reforzar habilidades personales y sociales.
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La ciencia detrás del oído: del sonido a la emoción en segundos
La música no llega solo al oído; llega, sobre todo, al cerebro. El ser humano, por nacimiento, es sensible a las vibraciones acústicas, y esa respuesta se traduce en cambios medibles en el plano emocional y conductual.
En este sentido, investigaciones citadas en el ámbito de la musicoterapia apuntan a reacciones cerebrales asociadas a la liberación de oxitocina, relacionada con la confianza y los vínculos. El proceso ocurre a toda velocidad: el oído capta el sonido y, en apenas décimas de segundo, el cerebro lo transforma en “música”, con significado y efecto.
De arte social a herramienta terapéutica: cómo se entiende la musicoterapia
Hablar de música es hablar de comunicación. Se toca, se canta, se tararea, se siente. Y, por este motivo, no sorprende que desde tiempos antiguos se haya asociado a la unión del grupo y a una cierta capacidad reparadora, una presencia constante en el camino humano.
La musicoterapia, como versión más contemporánea de esa relación, se apoya en un enfoque personalizado. El psicólogo infantil especialista en musicoterapia Franz Ballivián Pol lo resumió con una frase que explica su esencia: la música es «una de las artes más sociales que existen». Desde ahí, se entiende como una forma de terapia que utiliza la música para promover la salud integral y trabajar áreas sensoriales, cognitivas, socioemocionales y motrices.
Una sesión de musicoterapia: cantar, moverse y crear para regularse
Una sesión no se limita a escuchar canciones, aunque también puede incluirlo. Habitualmente dura, como mínimo, una hora y se construye con recursos que van del sonido al movimiento: voz, cuerpo, instrumentos u objetos, según lo que el profesional considere más adecuado.
Dado lo anterior, se abre un abanico de posibilidades que combina lo receptivo (escuchar, sentir, relajarse) con lo activo (cantar, componer, improvisar, jugar con ritmos). En esa dinámica, la música funciona como una vía de descarga energética y creatividad, pero también como entrenamiento: coordinación, equilibrio, respiración, tono muscular y amplitud de movimiento forman parte de los objetivos que se pueden abordar.
De la infancia a la vejez: ámbitos donde la terapia musical acompaña
Pocos terrenos se le resisten cuando se plantea como apoyo. A lo largo del último siglo, la musicoterapia ha estado presente en contextos diversos: psicosis, neurosis, autismo, drogadicción, VIH y enfermedades psicosomáticas, además de geriatría o acompañamiento durante el embarazo y el parto.
También se ha utilizado como sostén en enfermedades terminales y como respaldo en procesos de cirugía, rehabilitación física y terapia intensiva. En paralelo, se ha señalado su utilidad en trastornos alimenticios como bulimia y anorexia, así como en diferentes tipos de discapacidades, tanto motoras como sensoriales.
Bienestar cotidiano e inclusión: por qué se considera una práctica para todos
En los niños, sus efectos se han descrito especialmente en dificultades relacionadas con la voz, la autoestima, el ritmo, la fluidez o la tartamudez. Y en problemas de lenguaje o alteraciones del procesamiento auditivo, se ha reivindicado como aliada. La pionera Juliette Alvin la definió con precisión al hablar de «el uso dosificado de la música en el tratamiento, rehabilitación y entrenamiento de adultos y niños con trastornos físicos y mentales».
Pero, más allá de diagnósticos, la trascendencia de la musicoterapia en clave de estilo de vida está en lo cotidiano: favorecer la expresión emocional, mejorar habilidades sociales, promover la interacción con el entorno y reforzar el autoconocimiento. Sea cual sea la edad o la condición, su propuesta mantiene un mensaje claro: la música, bien dirigida, puede ser una forma accesible de cuidarse y entenderse mejor. Conoce más noticias de salud y estilo de vida.

