El creador de las Zonas Azules insiste en que la vida larga se construye con rutinas sencillas y una despensa inteligente. Su consejo: si buscas salud, empieza por lo que no compras.
Dan Buettner, periodista e investigador de 65 años, experto en longevidad, lleva décadas mirando el mundo con una pregunta en mente: por qué algunas comunidades llegan a edades avanzadas con menos enfermedades. Su respuesta no se basa en promesas rápidas, sino en hábitos repetidos cada día. Y, entre todos ellos, hay uno que considera decisivo: qué alimentos dejamos entrar en casa y cuáles conviene eliminar de la dieta si se quieren alcanzar los 100 años de una forma saludable. Una idea que también refuerzan otros estudios científicos, como la advertencia de una oncóloga sobre el cambio de alimentación recomendado a partir de los 50 para mejorar la salud.
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El contexto de las Zonas Azules y el mapa mundial de la longevidad
Buettner es conocido por impulsar el concepto de Zonas Azules. Unas regiones concretas del mundo, donde la población vive, de media, más años y con mejor calidad de vida que en otros lugares. En esa lista aparecen: Cerdeña (Italia), Okinawa (Japón), Icaria (Grecia), Loma Linda (California, EE. UU.) y la península de Nicoya (Costa Rica).
Los datos que podemos extraer de la población que habita en estos territorios los han convertido en una referencia cuando se habla de envejecimiento saludable. A través de sus publicaciones y colaboraciones, incluidas las realizadas con National Geographic, suele repetir una idea que rompe con el enfoque clásico: no se trata solo de comer “bien”, sino de vivir de una manera que haga fácil mantener lo saludable. En este sentido, su mensaje se apoya en una lógica práctica: si algo te empuja a comer peor, lo más eficaz es no tenerlo cerca.
Los detalles de la dieta 90% vegetal y los rituales cotidianos que suman
En las Zonas Azules, hay algo común: la alimentación tiende a ser mayoritariamente vegetal. Buettner destaca que los centenarios suelen seguir una dieta cercana al 90% basada en verduras, legumbres, cereales integrales, tubérculos y frutos secos, con un papel protagonista para los frijoles.
A partir de ahí, aparecen costumbres concretas que se repiten. En Okinawa, por ejemplo, se menciona la regla del “hara hachi bu”, que anima a detenerse cuando uno está alrededor del 80% de saciedad. En Cerdeña, caminar forma parte de la rutina diaria, con beneficios físicos, pero también sociales: menos aislamiento y más vida compartida.
Dado lo anterior, la longevidad se entiende como una suma de piezas: la familia como red de apoyo, la fe o los rituales cotidianos, y prácticas tan simples como la siesta o el paseo después de comer, habituales en lugares como Costa Rica o Icaria.
Buettner lo resume con una frase que ha repetido en el podcast ZOE: “Los alimentos campesinos, cocinados para obtener un gran sabor, que pueden añadir un promedio de casi 12 años a la vida de una persona”.
La reacción ante el consejo más simple y que pasa por controlar tu despensa
Frente a dietas complicadas o planes imposibles, su propuesta genera interés precisamente por lo contrario: es directa y fácil de aplicar. Buettner recomienda identificar cuatro categorías de productos que, en su opinión, no deberían ocupar espacio en casa si el objetivo es vivir más y mejor.:
- Carnes procesadas: embutidos, curados y productos similares aparecen señalados por su alto contenido en sal, conservantes y nitritos, asociados a inflamación y daño celular con el paso del tiempo.
- Bebidas azucaradas: son una de las vías más habituales de azúcar refinado. Además de aportar muchas calorías, se relacionan con picos de glucosa, aumento de peso y problemas metabólicos. En las comunidades longevas, recuerda, lo habitual es beber agua, té o café sin azúcar añadido.
- Aperitivos salados: patatas fritas, snacks y galletas saladas combinan grasas, sal y aditivos, una mezcla que suele ir de la mano de la ganancia de peso y sus consecuencias.
- Dulces envasados: un cóctel de harinas ultraprocesadas, azúcares refinados y grasas poco saludables. En las Zonas Azules, insiste, este tipo de productos no son cotidianos: se reservan como excepción, normalmente en fiestas.
La trascendencia de estos hábitos y por qué influyen en nuestro futuro saludable
Más allá de la lista, el enfoque apunta a una idea de fondo: la salud también se diseña. Por este motivo, Buettner pone el foco en el entorno doméstico, porque la cocina y la despensa determinan lo que acabamos comiendo cuando vamos con prisa, cansancio o hambre.
En otras palabras, no es solo fuerza de voluntad: es logística. Si lo que hay a mano es sencillo, real y poco procesado, la rutina juega a favor. Y si lo ultraprocesado no entra por la puerta, el cambio empieza sin necesidad de grandes discursos, solo con una compra diferente.
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