Yogures, barritas, panes o batidos “alto en proteínas” se han multiplicado en los lineales. Pueden encajar en objetivos concretos, pero no sustituyen una dieta equilibrada y, si se abusa, pueden traer efectos indeseados.
Planificar lo que comemos suele empezar con algo tan cotidiano como hacer una buena lista de la compra. En esa búsqueda por perder peso, sentirse con más energía o ganar masa muscular, cada vez más personas añaden a la cesta productos enriquecidos con proteínas, una tendencia que recuerda a otras fórmulas rápidas para adelgazar que, como ocurre con las llamadas dietas milagro, prometen resultados inmediatos, pero no siempre son inocuas. La cuestión es si realmente los necesitamos y qué pasa cuando se convierten en la opción por defecto.
La proteína se ha convertido en un reclamo: se asocia a saciedad, rendimiento y “vida sana”. Por eso proliferan snacks, postres lácteos y preparados listos para tomar que prometen sumar gramos sin esfuerzo. En este sentido, conviene recordar que el objetivo no es solo “comer más proteína”, sino elegir fuentes de calidad y mantener una alimentación variada que cubra también fibra, vitaminas y minerales.
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Lo que hace la proteína en tu organismo
Las proteínas son fundamentales para reparar células, formar tejidos y participar en procesos clave como la producción de enzimas y el equilibrio hormonal. Cuando faltan, pueden aparecer señales como pérdida de masa muscular, defensas más bajas o un mayor riesgo de anemia u osteoporosis.
Aunque muchas veces pensamos en la proteína de origen animal: carne, pescado, huevos o lácteos, también está presente en opciones vegetales como las legumbres. Por este motivo, lo más recomendable es ajustar la cantidad a tus necesidades reales y no a lo que marque la etiqueta del envase.
Los detalles que deberías mirar antes de apostar por el “alto en proteínas” en los productos del super
Hay casos en los que un aporte extra puede ser útil, como en deportistas o en personas mayores que buscan conservar músculo. Aun así, incluso en estos perfiles, la base suele estar en una dieta completa, no en depender de productos “enriquecidos”.
Además, no todos los alimentos proteicos de supermercado son iguales. En los ultraprocesados no es raro encontrar, junto a ese extra, azúcares añadidos o grasas de peor calidad. Dado lo anterior, el beneficio potencial se diluye si el producto desplaza comidas más nutritivas.
La reacción de los expertos ante dietas hiperproteicas y ultraprocesados
Nutricionistas y especialistas insisten en que la cantidad importa, pero la calidad y el contexto importan más. Si el “extra” lleva a consumir proteína en exceso, el cuerpo puede notarlo.
Entre los efectos más señalados de las dietas hiperproteicas está la reducción de otros nutrientes: al priorizar estos productos, muchas personas toman menos fruta, verdura y fibra. También puede suponer un esfuerzo añadido para hígado y riñones, sobre todo si ya existe un problema previo, al tener que gestionar más residuos y eliminar el exceso de urea. En el día a día, pueden aparecer molestias como dolor de cabeza, mareos, sudoración o halitosis.
La trascendencia de esta tendencia para tu dieta y tus hábitos a futuro
Más allá de una compra puntual, esta moda puede moldear cómo comemos. Si eliges un producto “alto en proteínas”, conviene revisar ingredientes y preguntarte si está sumando o reemplazando alimentos frescos.
Por este motivo, la recomendación práctica es simple: prioriza fuentes proteicas de calidad (también vegetales), completa el plato con fruta, verduras y legumbres, y usa los productos enriquecidos como apoyo ocasional, no como pilar de la alimentación.
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