La ganadora de Master Chef, María Lo, desvela el truco para hacer más jugosa la tortilla de patatas

La ganadora de MasterChef 10 comparte el paso clave para lograr un interior meloso sin que quede crudo, además de una receta con chistorra, queso y cebolla caramelizada.

La tortilla de patatas sigue siendo uno de esos platos que parecen fáciles… hasta que se busca el punto perfecto. Ese equilibrio entre una cuajada segura y un interior cremoso es, para muchos, la gran frontera entre una tortilla “correcta” y una que se recuerda. No es casual que incluso las versiones listas para comer intenten afinar ese punto, como ocurre con la famosa tortilla de patatas de Mercadona, cuyo proceso de elaboración ha despertado curiosidad entre los consumidores.

En ese terreno entra María Lo, cocinera y ganadora de MasterChef 10, que ha explicado en redes una de sus versiones favoritas y, sobre todo, el gesto que considera decisivo para conseguir una textura jugosa sin complicarse en la cocina.

El contexto de un clásico español y el reto de que quede jugosa

Más allá del debate eterno sobre la cebolla, lo que realmente divide opiniones es el grado de cuajado. Hay quienes la quieren compacta y bien hecha, y quienes prefieren un centro apenas ligado, casi untuoso, que se deslice al cortar.

En este sentido, María Lo se posiciona en un término medio muy buscado: una tortilla melosa, suave por dentro, pero bien ligada. No se trata de que quede líquida, sino de que mantenga esa sensación cremosa que hace que cada bocado tenga más “mimo” que prisa.

Su propuesta, además, juega con ingredientes que intensifican el sabor sin perder la esencia del plato: chistorra, queso y una cucharada de cebolla caramelizada. Un giro pensado para quien quiere salir de la versión clásica sin renunciar a lo de siempre.

Los detalles del reposo de la patata y la cebolla caramelizada

El consejo estrella llega en un momento que a menudo se pasa por alto: la unión de la patata con el huevo. Para María Lo, si se busca jugosidad real, conviene dejar reposar la patata frita dentro del huevo batido durante unos minutos antes de cuajarla.

El motivo es sencillo y muy práctico. Ese descanso permite que la patata se “rehidrate”, absorba parte del huevo y se integre mejor en la mezcla. Dado lo anterior, el resultado tiende a ser más suave y homogéneo, con menos riesgo de que el interior quede crudo o se perciba despegado.

Otro gesto que marca diferencias está en la cebolla caramelizada. Para evitar que se oscurezca demasiado o se agarre al final, recomienda añadir pequeños chorros de agua y remover con suavidad. Así se logra un color más uniforme y un dulzor equilibrado, sin amargor.

La reacción de los aficionados ante la tortilla con chistorra y queso

Este tipo de trucos, contados desde la cocina de casa y sin tecnicismos, suelen conectar rápido con el público. No es una receta pensada solo para expertos: son ajustes pequeños, asumibles, que cambian el resultado sin exigir utensilios raros ni tiempos imposibles.

Además, la combinación de chistorra y queso aporta un punto contundente que encaja bien tanto en plato como en formato pincho. La chistorra, cocinada aparte y desmenuzada, suelta su grasa y potencia el conjunto; el queso en dados pequeños ayuda a que el interior quede más fundente.

Por este motivo, la receta funciona como una idea para una comida informal, una cena rápida o una reunión en casa donde se busca un clásico con un toque más especial.

La trascendencia de perfeccionar un plato sencillo que nunca pasa de moda

A veces, lo que eleva la cocina cotidiana no son los ingredientes más caros, sino el control de los tiempos y la atención a los detalles. Dejar reposar la patata en el huevo, vigilar la caramelización de la cebolla o ajustar el fuego al cuajar son gestos que cambian por completo la experiencia.

En el fondo, la tortilla de patatas sigue siendo un termómetro doméstico: cada casa tiene su forma, su punto y su truco. Y propuestas como la de María Lo recuerdan que, incluso en los platos más repetidos, siempre hay margen para afinar y sorprender.

El resultado, según la propia cocinera, es una tortilla intensa, jugosa y equilibrada, perfecta para acompañar con pan con tomate y un buen chorro de aceite. Una reinterpretación sabrosa de un clásico que, por mucho que se discuta, nunca pierde su sitio en la mesa.

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